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INTRODUCTIÓN

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Las descripciones del empleo de patógenos microbianos como posibles armas de guerra o terrorismo datan de épocas antiguas. Entre las más citadas están la contaminación del suministro de agua 600 años a.C. con el hongo Claviceps purpurea (el cornezuelo del centeno) por parte de los asirios, el lanzamiento de cadáveres de víctimas de la peste en los muros de la ciudad de Kafia por los tártaros en 1346 y la propagación de la viruela a la población estadounidense nativa leal a Francia mediante sábanas contaminadas por los ingleses en 1767. A pesar de que en épocas de guerra se utilizaron armas químicas en fechas no muy lejanas (cap. 222), los hechos trágicos del 11 de septiembre de 2001, seguidos poco después por los envíos de esporas de carbunco a través del sistema postal de Estados Unidos, cambiaron radicalmente la opinión del público estadounidense respecto a la vulnerabilidad de la población a ataques bioterroristas con microorganismos, así como la seriedad y los intentos del gobierno federal para proteger a la ciudadanía contra nuevos ataques. La ciencia moderna ha elaborado métodos para la propagación deliberada o el agravamiento de enfermedades en formas que desconocían nuestros antepasados. La combinación de investigación de ciencias básicas, práctica médica adecuada y vigilancia constante es un factor necesario de defensa contra tales ataques.

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Los efectos posibles de un ataque bioterrorista pueden ser enormes y originar no sólo la muerte sino complicaciones graves a miles de personas, aunque lo normal es que los actos de bioterrorismo tengan su impacto máximo en el miedo y el terror que generan. A diferencia de la guerra biológica, en que el objetivo fundamental es la destrucción del enemigo al infligirle el máximo número de bajas, una meta importante del bioterrorismo es destruir el espíritu de la sociedad, al infundirle miedo e incertidumbre.

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El impacto biológico real de una sola acción podría ser pequeño, pero el grado de perturbación generado por la simple idea de que el ataque sea factible es enorme; ello se pudo advertir fácilmente por el efecto que tuvieron los envíos del material de carbunco a través del sistema postal estadounidense y la interrupción funcional de las actividades de la rama legislativa del gobierno después de ellos. Por tanto, el punto decisivo en la defensa contra estos ataques consiste en contar con un sistema de vigilancia sanitaria y de enseñanza de gran funcionalidad, para que se puedan identificar pronto estas situaciones y frenarlas eficazmente. Ello se complementa con la posibilidad de contar desde mucho antes con medidas adecuadas (p. ej., formas de diagnóstico, terapéutica y vacunas) como contrapartida al ataque bioterrorista.

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En Estados Unidos, el Working Group for Civilian Biodefense ha elaborado una lista de las características que hacen que los agentes biológicos sean particularmente eficaces como armas destructivas (cuadro 221-1); entre estas características están su facilidad de propagación y transmisión y también la presencia de bases ...

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