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La enfermedad pulmonar obstructiva crónica (COPD, del inglés chronic obstructive pulmonary disease) es un trastorno de limitación del flujo aéreo que es progresivo y no del todo reversible. La COPD se caracteriza por una inflamación de las vías respiratorias y también de índole sistémica, que se intensifica a medida que progresa la enfermedad. Como el proceso inflamatorio está directamente relacionado con la disminución de la función pulmonar, a medida que progresa la inflamación aumenta también el riesgo de exacerbaciones que repercuten sobre el estado de salud, la tolerancia al ejercicio, las actividades de la vida diaria y la calidad de vida. La COPD mata anualmente a casi 3 millones de personas en todo el mundo, y se espera que llegue a ser la tercera causa de muerte en el año 2000 (Sin y Man, 2006).

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La patogenia y las manifestaciones clínicas de la COPD no se limitan a la enfermedad pulmonar y, de hecho, la muerte por insuficiencia respiratoria es responsable sólo de una tercera parte de la mortalidad en la COPD. Los dos tercios restantes se deben a trastornos comórbidos extrapulmonares en la COPD leve a moderada (Sin et al., 2006). Los estudios de procesos comórbidos, en concreto el tabaquismo, las enfermedades cardiovasculares y algunos trastornos óseos, han trabajado con gran cantidad de marcadores sistémicos de inflamación. Los pacientes con COPD tienen unos niveles basales elevados de muchos marcadores de inflamación circulantes (Agusti, 2005; Sevenoaks et al., 2006). Se ha demostrado que el aumento de la inflamación sistémica tiene una relación directa con el desarrollo y la progresión de la COPD, y puede ser un factor en la patogenia, morbilidad y mortalidad de determinados procesos comórbidos de la COPD, como enfermedades cardiovasculares (aterosclerosis e insuficiencia cardíaca congestiva), enfermedades óseas (osteoporosis), caquexia, diabetes mellitus, determinados cánceres, úlceras, gastritis y otros procesos (Sin et al., 2006). Varios estudios han comunicado una relación estadísticamente significativa entre el tipo o número de trastornos comórbidos y la mortalidad (Sin et al., 2006). Estas relaciones han planteado problemas a la codificación exacta y el registro de las causas de muerte, por lo que la mortalidad de la COPD probablemente esté infraestimada.

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Históricamente, el tratamiento de la COPD se ha centrado en mejorar la función pulmonar y proporcionar alivio sintomático; sin embargo, la experiencia clínica sugiere que el curso de la enfermedad y su mortalidad no han cambiado sustancialmente con este enfoque (Sin et al., 2006). El tratamiento eficaz de los procesos comórbidos de la COPD ha cosechado un creciente reconocimiento e importancia como mecanismo para mejorar el pronóstico a largo plazo de la COPD. Un enfoque multisistémico, junto con un creciente conocimiento científico y clínico de las cascadas de inflamación asociadas a la COPD pueden proporcionar pronto las herramientas para un tratamiento más completo y global que modifique la morbilidad y mortalidad de la COPD.

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INFLAMACIÓN PERSISTENTE

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Inicialmente se pensó que la inflamación pulmonar era consecuencia del "exceso" de diferentes  marcadores inflamatorios en la circulación (Sevenoaks et al., 2006). Sin embargo, la investigación ha demostrado ...

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