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La fibrilación auricular es una causa frecuente de ictus y de accidente isquémico transitorio (TIA, del inglés transient ischemic attack) y su detección cambia radicalmente el enfoque terapéutico, desde una estrategia de prevención secundaria usando antiplaquetarios a otra centrada en anticoagulantes. La detección sistemática habitual de fibrilación auricular tras un ictus o un TIA suele hacerse con electrocardiografía y telemetría cardiaca durante 1–3 días en la hospitalización inicial. En casi el 25% de todos los ictus isquémicos no se encuentra una causa pese a la investigación exhaustiva (de ahí la denominación de “ictus criptogénico”), y se ha demostrado en estudios observacionales que muchos de esos pacientes presentan una fibrilación auricular que se podría detectar mediante una monitorización más amplia.

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Para cuantificar de manera más precisa el número de esos pacientes, Gladstone et al. (2014) llevaron a cabo un gran estudio aleatorizado de monitorización cardiaca ampliada en el que incluyeron a 572 pacientes mayores de 55 años que habían sufrido ictus criptogénico o TIA en los seis meses previos. Todos los pacientes habían sido controlados con un monitor Holter al menos durante 24 horas y no presentaban antecedentes de fibrilación auricular. En el grupo de intervención, los pacientes se sometieron a registro activado por episodios durante 30 días, mientras que el grupo control recibió 24 horas adicionales de monitorización Holter estándar. El criterio primario de valoración fue la presencia de fibrilación o aleteo auricular, detectados clínicamente o mediante monitorización, de al menos 30 segundos en los 90 días posteriores a la aleatorización.

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Se llevó a cabo la aleatorización una media de 75 días después del ictus o del TIA iniciales. El 82% de los pacientes del grupo de intervención completaron al menos tres semanas de monitorización. Se detectó una fibrilación auricular de 30 segundos, o más, de duración en el 16.1% del grupo de intervención y en el 3.2% del grupo control (p < .001; número necesario cribar, 8). La detección clínica, frente a la realizada mediante monitor, solo se produjo en el 0.5% de los pacientes. Alrededor de la mitad de los episodios de fibrilación auricular se detectaron en la primera semana de monitorización, y las tasas de detección fueron significativamente mayores en los sometidos a aleatorización en las tres semanas posteriores al episodio acreditador para el estudio.

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Entre los criterios de valoración secundarios se incluyeron tasas de fibrilación auricular > 2.5 minutos de duración, que se observaron en el 9.9% del grupo de intervención y en el 2.5% del grupo control (p < .001). La proporción de pacientes que estaban siendo tratados con anticoagulantes a los 90 días fue del 18.6% en el grupo de la intervención y del 11.1% en el grupo control (p = .01).

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Se confirman en este estudio las observaciones previas de que la tasa de fibrilación auricular en el ictus criptogénico es superior al 15%. Es probable que esta cifra sea un cálculo a la baja dado que muchos de los pacientes de este estudio fueron incluidos en el mismo mucho después del episodio, con lo que se reduce el rendimiento de la monitorización, como se ha demostrado en otros estudios. Además, estudios previos han encontrado que el rendimiento puede aumentar aún más con monitorización > 30 días. Aunque sigue existiendo controversia sobre lo que debe durar la fibrilación auricular para cumplir los criterios establecidos, la mayoría de los expertos opinarían que en un paciente con un episodio reciente de ictus o TIA de causa desconocida cabe asumir que un trazado de 30 segundos de fibrilación auricular debe hacer pensar en ella como causa del episodio. Se debe empezar ...

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